martes, 26 de abril de 2011

Montevideo

Estoy hospedado en una casa muy antigua en el centro de la ciudad, mi pieza consta de un fragmento de lo que alguna vez fuera una suntuosa habitación, habilitado para que una persona moderna esté a gusto.
Tengo una cama mullida con una sábana casi transparente a través de la cual puedo echar un vistazo a sueños ajenos. Una cobija con tiritas que dan comezón en la nariz y una colcha sin personalidad que duerme feliz con sus amigas.
A mi lado, un burocito con una lámpara de bola que no he encendido, una mesa de madera con mantel plástico de flores un perchero muy útil para colgar mis gorras y un ropero vacío que más bien es mi compañero de cuarto.
Por la cortina de la puerta puedo ver la mesita del patio cubierto con vides de las que cuelgan verdes uvas.
Se escuchan viejos tangos que cantan desde la habitación de Ernesto, un anciano nostálgico como todo lo que está aquí.
Caminar por las calles de Montevideo es como un viaje al pasado, como si de repente todo se tornara blanco y negro y la gente vistiera con trajes de otros tiempos, el aire es añejo y rancio y las casas de la ciudad vieja dan estertores de muerte mientras cruzas frente a ellas.
Edificios enormes de diferentes estilos arquitectónicos se paran en las aceras como seniles gigantes que en su rostro muestran orgullosos un pasado glorioso una juventud fuerte y briosa que sin embargo... ya se fue.
Art deco, eclecticismo histórico, neoclásico y modernista se funden en un cuadro cubista como los que creaba el viejo Torres García símbolo del arte uruguayo.
Desde su caballo, Artigas mira el tiempo pasar sobre sus cenizas y sus ojos verdes de bronce lloran amargura mientras cabalga por la eternidad.
Frente a él, con sus motivos ultramarinos el único, el más característico edificio montevideano, se yergue a noventa y tantos metros de altura con sus caprichosas formas. El palacio salvo con todas sus historias, se desmorona poco a poco como un sueño al despertar.
¡Morcilla dulce por favor! y un ucraniano molesto por que lo llenan de billetes viejos en lugar de dólares y su barco está por partir, maldice en una lengua tan ajena a la mía que más bien parece un sonido gutural amorfo de alguna bestia al fenecer.
Llevo mi traje de humano, ligero, por las viejas calles y un grupo de niños con bata blanca y una ridícula corbata azul a modo de moño me recuerdan las líneas de Edmundo de Amicis en "Corazón".
Me siento a tomar un té con leche en la plaza de Fabini, mejor conocida como del entrevero y leo mi libro de Montevideanos de ese poeta que tanto quiero y que vio la luz en este pedacito de mundo: Mario Benedetti.
Los uruguayos tienen una mirada especial, como triste.
Sus sonrisas son francas y amigables pero esa esquina en sus ojos no los deja mentir.
Las casas tapiadas me invitan a entrar con la mente y a marearme por el aire viciado de siglos para encontrarme con Aura, el personaje que imaginado por Carlos Fuentes.
Al fondo del oscuro corredor debe vivir un cadáver con su ropa pegada a la piel seca, en su cama de latón, los ojos ausentes y el cabello como dorada aureola rodeando el desnudo cráneo.
Pero eso solo por las noches, por que de día se levanta como una hermosa mujer de estrecha cintura y pechos generosos lista a calentar el agua para el mate y después realizar las labores diarias como ayer, como el día antes de ayer; como hace cien años.
Vuelvo de mi abstracción y veo la bandera con bandas celestes y el sol amarillo, la gente camina como en cualquier gran ciudad, apresurada, pero aquí, termo al brazo y mate en mano llevan su carne y huesos lo más pronto posible para checar a tiempo en la tarjeta de la oficina.
La escollera sarandí huele a pescado recién muerto, las ramblas corren paralelas al río que parece mar y Montevideo sigue allí, como nunca lo soñé, como sueño al despertar...



Roberto Rojo Montevideo,
Diciembre 2005

sábado, 16 de abril de 2011

Tzontzecuicuilli

Un movimiento extraño me despertó. Abrí los ojos y un tremor silencioso sacudía la tierra. Camerino hablaba fuerte por su radio: ¡Salgan de ahí!; un perro flaco, casi translúcido miraba hacia el cielo y el charco sobre el camino de terracería se cimbraba en ondas. Frente a mí, una vieja cisterna apuntalada por pilotes y aferrada precariamente a la pared, parecía finalmente caer. Pequeños terrones resbalaban y temí que se viniera abajo. Durante casi un minuto la Tierra se acomodó, era como si un gigante se desperezara al amanecer.
Volvió la calma y sentado en la camioneta recordé la noche fría que me obligó a cambiarme a la cabina para poner la calefacción durante la madrugada.
Mi mente voló inmediatamente: Ojalá que no estuviera nadie en cueva durante el temblor. Pasé la lista: David, Alejandra y Pacheco fueron ayer al tío Chueco. Para esta hora ya debieron haber salido. Me aterró pensar en los pasos estrechísimos de esa cueva e imaginar a alguien después de ellos sintiendo el movimiento telúrico. Aliviado proseguí: Olga, Pablo y Beluga están acampando en la zona más lejana, a unas tres horas del campamento base, que de por sí es un lugar remoto. Seguro los despertó el movimiento de los árboles sobre sus cabezas. A Gus y Lencho los debió haber sorprendido en el camino sobre el lapiaz. Al y Franco, están en el campamento. Puedo imaginar su susto y después las bromas espontáneas.
Seguro todos estarán bien.
Allá arriba, formamos una pequeña comunidad de la cuál me siento orgulloso de ser integrante. Nuestro campamento quedó instalado en un “puerto” entre las montañas y en medio de dos terrenos, uno sin árboles ya (aunque ya está siendo reforestado) y otro con un bonito bosque que quedó como testigo de lo que fue hace algunos años su ladera vecina.
La parte deforestada, nos permite ver el imponente Tzonztzecuiculi, que entre montañas se muestra majestuoso y desafiante. También nos permite ver el cielo estrellado y una mañana especial donde la gran luna llena se sentó a descansar a las once del día sobre el cerro (Después supe que fue una de las pocas ocasiones donde la luna se ha visto más grande). Cuando estamos dentro de una nube, la parte deforestada da un aire de desolación, ya que entre la blancura asoman grandes troncos muertos pintados de negro por un incendio pretérito como siniestro recordatorio de la devastación humana. Dos veces hemos visto pasar una pareja de aguilillas muy cerca. Pienso que se aproximan a nosotros para investigar.
En el pequeño bosque, en cambio, las vistas y sensaciones son totalmente diferentes. En días claros, si uno pone atención se ve una explosión de vida: camas de musgos, extraños helechos punteados por los soros en sus frondas, plantas con modestas pero hermosas flores color violeta, verde y amarillo, sensuales enredaderas que abrazan los troncos, bromelias sentadas en su rama y henos colgando como las barbas de árboles sabios. Y los árboles, los árboles, grandes cipreses que nos dan techo y sombra. Hay zumbidos de insectos por doquier: febriles abejas trabajan desde el amanecer, metálicas moscas buscan alimento, gigantescas típulas bailan al volar, joyas de escarabajos caminan sobre las plantas, sencillas pero hermosas mariposas remontan valientes las corrientes de aire, seguros sírfidos mantienen su vuelo perfecto en los rayos de sol que se filtran por la floresta. Cuando las nubes se meten a investigar, el bosque cambia sus colores por un perturbador tono monocromático y se vuelve tenebroso, pero esta es solo una etapa intimidante que al bosque a veces le gusta adoptar y aunque hay veces que pasa así días o noches enteras, las aves cantan para avisar su cambio de humor. Una, dos, tres… tal vez diez especies de canoras se pueden escuchar, desde discretos “pit pit” a largos “uh uuuh”, pero de entre todos sobresale la gloriosa primavera con su canto imposible y redundante.
En una ocasión, por la noche un búho, se perchó sobre mi tienda y curiosos, nos observamos mutuamente largo rato.
En medio de esos dos territorios distintos, se encuentra nuestro país, el país de los espeleólogos. Extraño triunvirato dotado de una democracia libertino/liberal, salpicado de anarquía y rebelión es el sistema de gobierno inexistente en ese punto geográfico autónomo.
Con las comodidades necesarias para vivir, como una gran mesa multiusos de tablones, asientos de pino, cocina con cocineta, alacena diseño D´Tirado, instalación eléctrica Warild´s a base de celdas solares, tripié rústico para separación de basura, portaequiposypendejadas estilo rústico, columpio de ciprés para 3; área de fogata y letrina high class; la vida es tranquila.
El agua la obteníamos de un ojito a unos 20m del campamento, pero como buenos humanos sobreexplotamos el recurso y ahora hay que viajar 25 minutos cargando contenedores de 25 litros para ir a una dolina donde hay agua. Esto habrá que hacerlo mientras se recarga de nuevo nuestro ojito. Ya aprendimos la lección.
Nuestra pequeña sociedad evoluciona a pasos agigantados, ya dejamos la etapa práctica para dedicarnos a lo suntuario. La mesa está llena de graffitis, algunos de ellos verdaderas obras de arte.
Hay que andarse con cuidado en los alrededores, Olga halló hace poco una hermosa víbora cascabel y aunque normalmente los alacranes de esta región no están reportados como nocivos para el ser humano, ya hemos encontrado algunos, incluso bajo nuestro colchón.
Las jornadas de trabajo son continuas y en ocasiones extenuantes, verdaderas palizas. Algunos se levantan con la luz, otros un poco más tarde, pero siempre hay actividad. Hay que lavar los trastes, preparar el desayuno, ir por agua, hacer reparaciones, cargar baterías, alistar los equipos y salir. Incluso la gente que se queda en el campamento difícilmente tiene un rato de solaz.
Algunos vestimos de harapos ya, nuestras ropas de han ido rasgando así como nuestra piel con los bordes filosos y las espinas. En ocasiones los pantalones casi desaparecen debajo de tanto remiendo.
Si los viajes son de prospección, hay que llevar bastante agua, sombrero y tal vez lo más importante, ropa cómoda pero aguantadora, pero sobre todo guantes. La naturaleza aquí es inhóspita y en ocasiones hostil. Las plantas tienen pinchos por todos lados y se organizan en verdaderas trampas, las rocas son filosas como navaja y bailan bajo nuestros pies.
A Beluga le cayó un gran bloque en la pierna, Allan cayó, Gustavo se enterró el pico de una rama en la espalda, a David una planta le pinchó el ojo, Olga se golpeó con un árbol, Marce, Franco, Ale y yo nos hemos perdido, mi pié quedó aprisionado bajo un bloque que deslizó, la mejilla de Lencho fue atravesada por una afilada rama y así la naturaleza juega con nosotros. Me recuerda a una multitud jugando con el borracho local después de una fiesta. Cuando caminamos, las plantas nos empujan, nos jalan, nos dan golpes en la cabeza, nos pican las costillas o el trasero, las rocas se mueven bajo nuestros pies y nos hacen trastabillar, se quitan y nos hacen caer en agujeros y después de la conmoción volteamos a ver… y todos se hacen pendejos. Plantas y rocas quedan inmóviles como si no tuvieran la culpa de nada y tan solo se escucha la risilla del viento que pasa.
La recompensa: Buenas aventuras, hermosos paisajes siempre cambiantes (de hecho me impresiona que siendo la misma vegetación o tipo de roca, a cada vuelta hay entornos completamente diferentes entre si), algunas, o muchas, marcas en la piel. Pero sobre todo, encontrar cuevas nuevas.
El terreno es engañoso, en ocasiones parece que va a haber algo grande en alguna dolina o valle y al explorarla no hay más que marañas y tierra, mientras que a veces y de la nada, asoma por entre la vegetación el ojo milenario de alguna cueva, misterioso, escondido entre la selva o el bosque. Nos acercamos con emoción y el aliento fresco que delata su profundidad, irremediablemente nos llama a ella. Con temor, con ansiedad, con angustia y con alegría, debemos prepararnos para entrar.
Si los viajes son a cueva, hay que preparar equipo de armado y equipo de topografía. Cargados y mentalizados para una ardua jornada, salen los equipos del campamento para desaparecer tras la loma, siempre acompañados por algún “Gloria o muerte”, “Éxito”, o “Nos vemos pronto”.
El camino para llegar a paisano es fácil: Bordeas la dolina, pasas las tablas, subes hasta el tronco donde todos se golpean, cruzas el paso del oso panda, la zona de la cascabel, el árbol en “Y” junto al palo quemado, maguey cortado, marca alta, camino de pinitos, la pirámide maya y sales de la zona difícil, luego hasta el cruce hacia el tío Chueco y la cueva del amor, para llegar a la roca con lluvia y finalmente el árbol de las conversaciones. Lo curioso es que cada quién tiene su propio mapa mental del camino con hitos diferentes y su propia nomenclatura.
Una vez fuera de la cueva hay que equiparse.
Los espeleólogos siempre me han parecido como superhéroes: Portan un casco que antes llevaba una llama viva al frente y ahora desprende una luz tan fuerte que parece de locomotora, visten un traje de colores extraños y de un material casi indestructible, llevan guantes y botas altas. Además poseen poderes extraordinarios como la capacidad de desplazarse por terrenos insólitos a través de cuerdas (De hecho, cuando veo la maestría con que se mueve una araña sobre su hilo, no puedo evitar pensar en espeleólogos), son capaces de cruzar estrecheces imposibles, de llegar hasta donde nunca nadie antes fue, de remontar causes, de saltar al vacío, de pasar largas horas en la oscuridad y frío sin comer más que pequeñas porciones de energía, así como la capacidad de prescindir completamente de lo que la gente común llama “bañarse”. El espeleólogo contribuye al medio no oponiendo ninguna resistencia al libre flujo de gases entre él y la naturaleza. Además cuenta con un arnés especial, extremidades artificiales como ascensores, descensores y cabos. En su bandolera, lleva armas (Taladro, martillo) y balas (spitz, bolts, para bolts, multy montys, etc.), cuerdas. Además en ocasiones llevan armas láser para medir las cavidades y para completar la imagen, portan una espuela a la que llama pantin.
Por debajo de la Tierra, el paisaje es como de otro mundo: Grandes pozos verticales de paredes lavadas, que terminan en pequeñas pozas y continúan en inhumanos pasos estrechos donde la cueva oprime el pecho y hay que luchar a veces ayudados por la gravedad para atravesarlos. Y hablando de la gravedad, en estos sitios uno se da cuenta de la incansable fuerza que nos atrae hacia abajo. Las rocas tienen tanta energía aquí y no hablo de terrenos metafísicos sino que grandes bloques están en un equilibrio tan precario que casi se puede ver su fuerza cinética en cuanto se mueva alguna de las pequeñas rocas que aleatoriamente y como un gatillo están en una tensión extrema listas para descargar toneladas y toneladas de material.
Colgado de la línea, uno debe tener todo asegurado al arnés pues el vacío llama con su fuerza milenaria a cualquier cosa que esté suelta… incluso a nosotros.
Las cuevas nos gastan bromas y como la naturaleza al exterior, al interior también juega con nosotros. Nos da perspectivas y ángulos erróneos únicamente adivinados por la teórica vertical de la cuerda, nos lleva en un espiral descendente del que sólo nos damos cuenta cuando vemos el mapa que se forma a partir de los datos recopilados.
Hay cuevas grandes y pequeñas pero cada una tiene su propia personalidad. Durante el cumpleaños de Al, después del ya tradicional Pen cake, Lencho y yo entramos a una cueva nueva. Un breve tiro de unos 12 metros por cuya entrada llegaba un glorioso haz de luz que iluminaba la oquedad. En su base, verdes plantas formaban un bonito tapete entre bloques antiguos de rocas caídas. Un poco más adelante una salamandra avanzaba lentamente con sus dedos y ojos de caricatura. Después de pasar los ya acostumbrados estrechos de esta zona donde la cueva nos acaricia con su áspera mano, Lencho me dice: “ven, veo el pasto” Yo pensé que bromeaba pero al llegar con él, sentarme a su lado y apagar mi luz. Una línea de verde fosforescente se encendió ante mis incrédulos ojos. A unos tres metros de nosotros y por un espacio de unos 20 cm estaba la base de otra dolina. Las hojas brillantes y la imagen en general de un paraíso inalcanzable me estremecieron. Al regresar Lencho encontró los restos de una zorrita que probablemente decidió que ese lugar mágico sería su tumba.
Como familias de topos avanzamos por arrastraderas viendo el trasero del que va enfrente o escuchando su voz; como arañas nos descolgamos y avanzamos por delgados hilos; como salamandras buscamos los sitios oscuros, húmedos y fríos; como murciélagos nos atraen las cavidades oscuras y tenebrosas; como humanos avanzamos hacia lo ignoto en busca de conocimiento y emoción.
A más de medio kilómetro de profundidad, sentado en la soledad de eones, en medio de imperturbables paredes, observo un diminuto arácnido amarillento caminar tímidamente cerca de mí. Me asombra ver que la vida se abre paso en los lugares más inesperados y me pongo contento de saber que habitamos un mundo fantástico y sublime.
Escucho la voz de mis compañeros acercarse. Es hora de partir, la “calle” está a unas horas de distancia y finalmente nosotros somos seres de luz, extranjeros en este país de tinieblas. Debemos salir, subir, hablar y vivir. Se van nuestros focos, nuestros humores y aquel lugar, permanecerá como siempre.

Roberto Rojo (Chibebo)
7 de Abril de 2011
Tepequexpa, México.

martes, 15 de febrero de 2011

Espantapájaros 24. Oliverio Girondo

24

El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.
Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.
Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja.
El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas.
La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llama rada de piedad y de vicio.
Los excesos del libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás— implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas.
Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no solo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!”
Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios?
En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza.
El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras.
Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.
Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento.
Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el record mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.
Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte.

martes, 14 de diciembre de 2010

Tabaquería (Fernando Pessoa)

Tantas veces que me he sentido identificado con este texto.
RR

Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído

lunes, 6 de diciembre de 2010

Flor Batavia

Hipnotizado por la seductora danza del fuego en la oscuridad, mis pupilas se abren para capturar la magia del resplandor, escucho palabras que hacen eco en la noche en un dialecto que no entiendo. El fogón elevado calienta el hogar y crea sombras a partir de los comales y las cazuelas que cuelgan de las paredes de tablas mal cortadas. Aletargado mi cerebro, volteo lentamente hacia la fuente de las voces que escucho. Durante el viaje de mi vista observo que el pequeño jacal cuenta con todo lo necesario para vivir: cubeta roja de plástico, molino de maìz, costales con café, una resortera para matar pequeñas aves, quijadas de jabalì para curar ronchas, adorno de piel de martucha, cómodas y frescas hamacas adosadas de grasa corporal resultado de incontables noches de sueños de selva, un carrito de juguete sin una llanta en el suelo de tierra y finalmente la mesa en donde observo una pequeña familia cuicateca formada por Higinio, su esposa y
su cuñado -Lorenita y su hermanito se han ido a dormir-. Ellos ríen y cuentan las anécdotas del día inmutados por mi presencia.

Eso me hace ser un espectador de una escena que se repite infinitamente desde hace eones casi sin cambios.

Disfruto mucho los dioramas del Museo de Antropología de la ciudad de México en la sala de etnología en donde pretenden representar cómo viven las distintas comunidades de nuestro país con maniquíes. Pero ahora ellos han cobrado vida, ¡son reales! Seres humanos con historia, sueños y orgullo. El olor a madera quemándose inunda el ambiente y los grillos cantan afuera en el monte.

Hace dos días salimos de la ciudad de México Luisa, Gustavo y yo para realizar un viaje de exploración a una zona en el estado de Oaxaca muy cerca del área donde se encuentran algunas de las cuevas más profundas del país. Después de atravesar por varias peripecias para poder tomar el autobús ya que al estar muy cerca la conmemoración de la muerte de Jesucristo, la gente viaja mucho y por poco no alcanzábamos boleto, de hecho yo tuve que salir después de ellos y por otra ruta. Finalmente nos reunimos en el pueblo de San Felipe, Jalapa de Díaz en el estado de Oaxaca. De allí nos dirigimos en un viejo camión a un poblado con un extraño nombre "Flor Batavia". –Tomando en cuenta que Batavia es una ciudad
en Indonesia-

Anunciados por un pequeño letrero oxidado, supimos que estábamos en esta alejada comunidad. Hablábamos con las autoridades del pueblo mientras la policía comunitaria formada por jóvenes en edad de servicio, sin uniforme y con un palo como única arma, llevaban cargando a una persona ebria quien maldecía a sus porteadores. Una vez terminada la charla nos dirigimos hacia el hermoso cementerio del pueblo que se encuentra en un pequeño cerro coronado con una enorme ceiba –árbol venerado por las antiguas culturas mesoamericanas- en medio del camposanto, alimentada por los cadáveres de los pobladores de Flor Batavia.

Viejas tumbas de roca con el alma de una veladora encendida en su regazo
alternaban con coloridas sepulturas de reciente manufactura.

Pasamos la noche en casa de una señora muy amable. Por la mañana, muy temprano,nos alistamos para salir en dirección de la serranía que se adivinaba imponente tras los cerros que obstruían nuestro paso. El calor extenuante rápidamente comenzó el proceso de transpiración como nunca antes en nuestros cuerpos. Poco a poco comenzamos a dejar atrás los campos de cultivo y las montañas nos dejaban ver su radiante vestido verde. Así avanzamos durante algunas horas, hasta llegar al poblado que en nuestros mapas aparecía como sólo tres pequeños puntos denotando el reducido tamaño del mismo. Pero nunca imaginamos cuán reducido.

Al llegar a la primera casa consideramos necesario presentarnos y pedir informes sobre el poblado. Se nos recibió con extrañeza y agrado, mientras esperábamos a los hombres de la casa, degustamos un delicioso café y un poco de frijoles acompañados de enormes tortillas, preparadas a mano. -La gente de la ciudad no tiene la idea de los magníficos sabores que se pueden encontrar en el campo mexicano-

Por fin llegó una persona con el nombre de Higinio quien se presentó como la autoridad del pueblo. Después de las cortesías usuales preguntamos ¿cuántas casas más había en “La Escalera”? a lo que él respondió amablemente: Una... ésta. Descansamos un poco y por la tarde Higinio nos acompañó al lecho seco de un gran río cuyo resumidero fue explorado por Ramón Espinasa años atrás y allí nos mostró algunas cuevas que él conocía. Exploramos su interior pero la mayoría de ellas, a pesar de ser hermosas, terminaban a unas cuantas decenas de metros del comienzo. En una de ellas, sentados a la entrada de la misma, Higinio nos contó la forma en la que la descubrieron, antes de irnos, consultamos a la interfecta quien nos confesó una historia:

“Estaba una vez una cueva (ella) meditando sobre su papel en el mundo, rodeada de exuberante vegetación que se ha acercado a crecer en la entrada porque allí es mas fresco y así no sufren con el agobiante calor que hay afuera. Las cosas han sido iguales desde hace cientos de años, las estaciones se suceden con armonioso orden, los ciclos naturales en estricto rigor. Por la mañana las aves trinan, cerca del medio día, sólo se escucha el sonido de alguna perdida brisa o el corretear sobre las hojas de alguna inquieta lagartija y en la noche el búho que habita cerca comienza su monólogo. Este es un día como los miles que han desfilado por aquí. Pero de pronto se escuchan sonidos extraños y agitación en el bosque... llama la atención de la cueva que incapaz de voltear se preocupa y se truena sus estalactitas de nervios y ansiedad.

El ruido se acerca, es cada vez mas fuerte e inquietante y como esperado augurio llega a toda velocidad un pequeño tepezcuintle, se frena y derrapa al descubrir la cueva salvadora... está aterrorizado. La cueva en un lenguaje que los humanos somos incapaces de reconocer le ofrece su entrada al asustado animalillo, no entiende de qué huye pero sabe que por el momento puede ayudarle. El tepezcuintle se refugia en las entrañas de la oquedad, unos segundos después llega un par de animales que la cueva nunca había visto muy parecidos a las zorras. Estos dos animales ladran y hacen bulla delatando el rastro del perseguido.

Al pasar unos minutos llegan dos seres caminando en dos patas, se ven muy
cansados, transpiran profusamente y su respiración es muy agitada, uno de ellos en su mano carga una extraña rama como un bejuco seco y hueco. La cueva entiende que este extraño grupo es la razón del temor del tepezcuintle. Los seres bípedos se comunican entre ellos y se dan empujones animándose a entrar a la cueva, entonces ella se torna lúgubre y atemorizante -una faceta que pocas veces adquiere- Los extraños seres señalan con su bejuco hacia el interior de la cueva, de repente un estruendo comparado sólo con el sonido de los truenos en noches de tormenta suena y las aves cercanas huyen hacia el cielo. La cueva siente un fuerte dolor, un líquido caliente escurre por su piso, los seres
bípedos que al principio guardaban silencio atentos a lo que ocurría dentro de la cueva ahora sonríen y gritan con euforia.

Uno de ellos se aventura unos metros dentro de la herida e impotente cueva y saca el cadáver del pequeño tepezcuintle. Felices y con sus animales ladradores moviendo la cola, amarran el cuerpo inerme, le dan un último vistazo a la doliente y triste cueva y poco a poco se alejan.”

Ahora ella sabe de los humanos y de su desenfrenada codicia.

Agotados, dormimos esa noche en el sueño de la selva. Por la mañana siguiente seguimos nuestro camino hacia las alturas. Guiados un rato por el cuñado de Higinio, cruzamos por el sitio del que toma el poblado su nombre: una extraña escalera lítica de procedencia desconocida, probablemente de origen prehispánico o una formación natural. Más adelante encontramos a un cazador en el camino.

Flaco, correoso y con la mirada un poco extraviada al igual que su perro -fiel acompañante- nos contó sobre los animales que aún se encuentran en la selva, mientras el cuñado de Higinio practicaba su puntería con la resortera tratando de matar unas pequeñas palomitas perchadas en una rama cercana. Continuamos nuestro tortuoso ascenso cubiertos por antiguos árboles de unos 35 metros de alto forrados de plantas epífitas y enormes lianas. Al encontrar un pequeño ojo de agua nos detenemos a refrescarnos mientras nuestro guía se despide ya que tiene que continuar con sus labores cotidianas. Nos da salvoconductos para atravesar los siguientes poblados, nos habla sobre la gente buena y mala de la zona. Caminamos unas horas más marcando los puntos en donde encontrábamos dolinas -hundimientos-(posibles entradas a cuevas) y explorando cuanto nos era posible.

Finalmente llegamos a “Piedra Colorada” lugar que nos recibió muy bien. Al entrar al pueblo charlamos con una pareja de octogenarios que orgullosos nos contaban de cómo el ancianito fue de los primeros en llegar a la zona y abrió con sus manos un agujero de donde salía agua para hacerlo más grande y allí se establecieron. Nos contaban de cuando las mujeres usaban sus vestidos tradicionales y de cómo una vez que pasó un avión muy bajo la gente aterrada, corría y lloraba.

Le dieron un poco de aguardiente a Luisa para untárselo sobre la piel y así
aliviar la comezón de sus ronchas causadas por los inclementes mosquitos la
noche anterior. Fuimos a la casa de Juan, la persona que el cuñado de Higinio nos había recomendado pero él no estaba, así que pasamos la tarde jugando fútbol con un grupo de agrestes y libres niños fuera de toda preocupación sobre raspones y esas cosas que las madres evitan a sus hijos sin saber que limitan su espíritu aventurero, construían sus propias reglas y cuando no dejábamos jugar a uno de ellos iba por su rifle de madera y en su coraje nos mataba a todos.

Después uno de ellos corría en círculos con una escoba entre sus piernas a modo de caballito mientras otro diestramente lo lazaba con un flexible bejuco.

Así llegó Juan. Persona con una experiencia increíble en el monte como le llaman allá a la selva. El día siguiente nos guió durante algunas horas camino abajo hasta el sitio donde corre un arroyo en época de lluvias con una fuerza increíble, según pudimos notar por las enormes piedras arrastradas y el amplio lecho seco que ahora ocupa el espacio. Un incipiente puente olvidado e inútil en la época de secas cuelga lleno de helechos y chimuelo de maderas. Ese puente es reconstruido cada año antes de la época de lluvias por las personas que habitan una de estas alejadas comunidades llamada la Pochota. Cruzando hacia la otra orilla del río fantasma subimos una inclinada pendiente, pasamos por un acahual y al cuestionar a Juan al respecto dijo que ese era un pueblo donde habitaban
unos cuantos ancianos que poco a poco fueron muriendo hasta que no quedó nadie y el pueblo desapareció.

Así llegamos a la entrada de una cueva a la que ingresamos para averiguar sus secretos. Con una extraña forma, pero con poca profundidad, Gustavo y yo estábamos a punto de regresar cuando hallamos un raro ejemplar de una tarántula de cavernas, adaptada durante miles de años a vivir en este ambiente sin luz.

Caminando por ese gigantesco paraje nos sentíamos como enanos al voltear a ver los inmensos árboles que apuntaban hacia el firmamento sobre nuestras cabezas así como las rocas del tamaño de casas arrastradas por la poderosa corriente.

Exploramos el interior de frescas cuevas, pero ninguna resultó muy profunda. Por la noche y desde mi tienda de campaña apostada en el solar de Don Juan, veía por entre las rendijas de la madera el movimiento de la familia que nos daba hospedaje al avanzar dentro de su jacal con lo que ellos llaman candil que no es más que una lata con una mecha y gasolina. Una vez que la luz se apagó pude ver el maravilloso brillo de miles de luciérnagas que dejaban adivinar la silueta del cerro frente a nosotros en la negra noche. A la mañana siguiente partimos para San Andrés Teotitlapan, un pueblo con más gente y comercios. Nos despedimos
de Don Juan agradeciendo su hospitalidad.

A lo largo del camino no dejábamos oquedad sin revisar, algunas veces
atravesando por intrincadas marañas de espinos para llegar al fondo de la
dolina. Y así seguimos hasta llegar a nuestro destino. Se nos permitió dormir en la comandancia y por la tarde nos fueron suministrados dos policías para guiarnos a una cueva en donde la gente celebra la conmemoración de las tres caídas del vía crucis ya que según la tradición allí hubo una aparición de una imagen de tal evento. Entramos a un sitio místico, lleno de veladoras y botellas de cerveza donde la gente se congrega por centenares para poder orar en el estrecho pasaje. Encaramados en una alta roca mientras el crepúsculo avanzaba realizamos una evaluación de la expedición, augurando futuros hallazgos y áreas para explorar ya que la zona cuenta con un alto potencial cárstico.

La presencia de vencejos surcando el aire con sus elegantes collares blancos sobre su traje negro nos aconsejan regresar ya que ellos suelen habitar en paredes de cuevas. Así, el atardecer se inunda de colores pastel y comienza una nueva noche. A las cuatro y media de la mañana, heridos por pulgas hambrientas que viven en los petates que nos fueron proporcionados, nos levantamos para no perder el camión que con alarmantes bocinazos anuncia su partida. Un tortuoso viaje de seis horas concluye nuestra travesía por una de las partes más bellas de nuestra nación. La vegetación cambia dramáticamente hasta convertirse en un espinoso desierto que nos indica que ya estamos cerca de Cuicatlán. Y así descansando en el camión de regreso a la ciudad de México, soñando con nuevas aventuras, el trío de exploradores deja abierta una puerta seductora como la danza del fuego en la oscuridad.


Roberto Rojo
–Chibebo- 24/Jun/03


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En toda mi vida alguien me susurraba al oído:
vive, Vive, VIVE!!!
Era la Muerte.